Empezó como un proyecto, una posibilidad, una idea, una evaluación, un sopesar el futuro. Poco a poco, una vez cogido el hilo, fui leyendo experiencias sobre ella y sus comentarios me deslizaron por la senda del deseo, introduciendo un gusanillo especial en mi estómago cada vez que veía sus fotos. Después llegaron los contactos por Facebook para preguntarla por su ubicación, por sus planes de venir a Madrid, por el seguimiento de por qué demoraba su visita, por el interés por su dolor de espalda, por la confirmación de su llegada. En ese momento, mis ansias ya estaban de estampida y se agolpaban en mi garganta como caballos desbocados. Pero, finalmente, todo llega y me vi caminando por la calle Alberto Alcocer en una tarde templada de octubre con el sol ya terminando su jornada. Y ahí empezó otro descontar del tiempo, otra historia, una fase nueva. Primero fue su presencia una vez cerrada la puerta que la había estado ocultando. Su cuerpo envuelto en una negligee negra, un sujetador con ribetes rojos y unas braguitas que mostraban por encima de ellas unos ojos fijos por debajo de su ombligo, mientras que por encima dos ojos vivos parecían sonreir mientras me miraban y me sopesaban. Fue un saludo sencillo, un primer beso, una primera caricia, una primera frase que ya no recuerdo, un primer contacto entre la mujer que se sabe guapa y deseada y el hombre que desea y empieza a presentir lo que le gusta. Después fue el asentar las bases, el avanzar por el camino de la confirmación de los roles (eres grande, sí, y qué, yo soy transexual…, me gustan las manos grandes, quiero verte…) y el planteamiento del futuro (¿tranquila?, no, no soy tranquila… ¿suave? Bueno, al principio…) más como una promesa que como una amenaza. Pasé a continuación a darme una ducha y me vi sorprendido al verla desde el baño tumbada en la cama, ya desnuda, para entablar una primera conversación mientras me lavaba. Más tarde, abrazados ya, fue la búsqueda de las posturas, de las caricias, de los roces, de las chupadas, de los besos, de mi sexo en tu cuerpo, de tu sexo en el mío, de más posturas, de más caricias hasta llegar al punto en el que era evidente que había encontrado mi sitio, mis secretos, mi cuerpo, mi climax, mi leche. Los susurros se habían convertido minutos antes en gemidos, en roncos gorgoteos, en respiración agitada, en estremecimientos intermitentes. Con mi cuerpo laxo y entregado, te pusiste boca arriba y me indicaste con premura dónde acariciar, dónde lamer, dónde chupar… hasta que un ronco ¡Ahhhh! acompañó el goteo blanco sobre tu tripa. Llegaron luego las preguntas y respuestas sobre la vida, sobre las amigas, sobre los foros, sobre la vida (sí, ya sé que me repito, pero no puedo evitarlo), sin dejar de encontrar, de vez en cuando, nuevas caricias, nuevos besos ya mortecinos, nuevos roces. Finalmente llegó, ya de vuelta a casa, el recuerdo de tu contacto, el sentimiento de haber compartido una buena experiencia, un maravilloso instante, un sensacional momento. El sentir que ya formas parte de mis experiencias y formas parte de mi vida. Y desembocar, por último, en un punto y seguido (espero).

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